Emocionar al adversario, la clave de la negociación.

Seguramente todos los que sean padres o tengan niños cerca han soportado en alguna ocasión la presión de un niño que clama atención repitiendo constantemente aquello de “me aburro”. Según los últimos estudios realizados sobre Hiperactividad en la infancia, lo curioso de este comportamiento reside en que el niño no sabe expresar sus sentimientos de otra manera y tan solo conoce esa palabra para quejarse o advertir al entorno de su malestar.

El ejemplo no es baladí. En la actualidad, la información, la comunicación y interactividad, nos han hecho pensar que somos capaces de gestionar todos los impulsos que nos llegan del exterior en forma de noticia, imagen, conversación… creyendo y confiando en un instinto e intuición para la respuesta, que por otro lado pocas veces satisface el objetivo final: Comunicar.

Comunicando

El lenguaje estructura las percepciones, los pensamientos, las emociones, las ideas y los conceptos, y por tanto nos permite intuir una situación, deducir un problema o solucionar un conflicto.

El cerebro humano tiene la capacidad de emocionarse no solo con los sentidos sino con la imaginación y el lenguaje. La comunicación es la fuente de la que beben y han bebido los grandes oradores para persuadir, los grandes publicistas para convencer y los grandes negociadores para estabilizar. La capacidad de emocionar al adversario, de invertir una negociación a nuestro favor a través de la comunicación y de el arte de influir en el otro, no es algo innato, y debe ser cultivado en función del adversario, jefe, empleado, colaborador, público, amigo, amante o pareja. Los instintos y las emociones dirigen gran parte de nuestro pensamiento, y así podemos por tanto decir que dirigir voluntades depende de nuestra capacidad para expresar y emocionar al otro satisfaciendo nuestras expectativas como si fueran las suyas propias.

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